sábado, enero 08, 2011

Siendo una mujer

Retrocede unos meses atrás.

Al chico con el que crees que andas le encantan los chocolates y decides comprarle unos para indemnizarlo por un pequeño incidente que piensas que sólo a ti te podría pasar. Necesitas un lugar donde comprar chocolates y vas a una multitienda que te queda cerca del trabajo, y en donde venden chocolates, vinos, etc. Te atiende un vendedor muy amable. Le dices que te envuelva los chocolates y unos dulces que compraste – es mejor que sobre a que falte- con mucho cuidado. El vendedor te atiende muy bien.

Pasa un tiempo y necesitas hacer un regalo para una secretaria que trabaja en tu oficina. Piensas en algo que le guste a todo el mundo – no conoces mucho los gustos de la secretaría-, y obviamente, la palabra mágica es: “chocolates”. Ya no lo piensas y vas nuevamente a la misma tienda en que meses atrás compraste chocolates y dulces. Eliges unos chocolates que por el envoltorio supones que han de ser de lo más rico. Cuando llegas a la caja te atiende el mismo vendedor que te atendió hace unos meses atrás, se acuerda de ti, y te pregunta: “¿Tú siempre regalas chocolates?” Le respondes que no es para la misma persona y que es en un contexto diferente. No hay problemas, sigue siendo amable y ya conversas un poco más con él, pero no porque te guste o algo, sino simplemente porque ha sido amable contigo y te ha atendido muy bien.

Pasan dos meses, tu jefa está de cumpleaños. Después de ella, eres la que más alto cargo tiene y evidentemente no puedes hacer un regalo tan malo. No te haces problemas y vas a comprar a la misma tienda de antes. Te atiende el mismo vendedor. Pero esta vez no compras sólo chocolates, sino que además eliges unos vinos. Conversas de la vida con el vendedor, al cual ya le confiesas que no sabes si tu tarjeta de crédito tiene aún cupo, que por favor te revise en qué estado se encuentra, ya que si no, lamentablemente para ti, deberás pagar con dinero en efectivo. Sin embargo, tu tarjeta de crédito sí tiene crédito, así que todo bien.

Pasan aproximadamente 15 días después de tu última compra y ahora necesitas un regalo de matrimonio para otra secretaria de la oficina que se va a casar y que casualmente dejó su lista de novios en la tienda donde ya te has hecho el hábito de ir a comprar chocolates. En esta oportunidad tu vendedor regalón casualmente atiende también la sección de los electrodomésticos. Le pides que te aconseje en cuanto a un regalo que no sea muy caro (ya no quieres gastar más. Los meses anteriores han sido pesados y piensas que luego viene la navidad). Al final terminas comprando un hervidor eléctrico que vaya a saber Dios si los novios lo van a querer o no.

Pasa el tiempo, revisas tu correo electrónico y aparece un tipo que quiere que lo agregues como amigo en facebook. No sabes quién es él. Ves su nombre y no recuerdas de dónde lo puedas conocer. A todo esto, como no lo agregabas nunca, te manda un mensaje privado diciendo que es el que te vende los chocolates en X tienda. Ahí caes en cuenta y lo agregas. Le dejas un mensaje preguntándole cómo ha estado y que últimamente no has ido a comprar, pero que quizás necesites ir para la navidad.

Tu vendedor regalón te empieza a mandar mensajes privados contándote que está aburrido en el trabajo y que por ahí, si tienes tiempo, podrían juntarse a tomar un café. Tú no contestas ese mensaje porque no te interesa meterte en líos, además que viste su perfil en facebook y te diste cuenta que tiene treinta y tantos años y que tiene una hija; y la verdad, tú no quieres complicaciones porque crees y sientes que ya no tienes paciencia ni ganas para aguantar complicaciones.

Es viernes, sales del trabajo y estás aburrida. Sería fome irte de una vez a tu casa. Vas a la tienda donde trabaja tu vendedor regalón, pero no pasas por su sección; sin embargo, él está ahí en su caja, atendiendo público. Bajas al primer piso y hay dos cosas que adoras: los perfumes y los relojes. Te pones a mirar los relojes y hay una señorita que atiende, pero sólo atiende; extrañamente no vende. Le preguntas por varios modelos, los ves, te los pruebas y finalmente, te decides por uno. La señorita que atiende se complica porque a la hora que fuiste ya están cerrando las cajas y no hay ninguna abierta por ahí cerca. De repente, aparece por detrás tu vendedor regalón, te saluda muy amablemente –total ya es tu amigo de facebook ¡guau!- y sin que le digas nada adivina que quieres comprar ese reloj. Le pregunta a la señorita que atiende y ésta le dice que no hay cajas. El vendedor te dice que lo acompañes, te busca una caja abierta mientras conversa contigo de todo y tú tienes que conversar con él, además que es muy simpático y siempre tiene una sonrisa en su rostro. Finalmente encuentra una caja, pero no hay quién la atienda. Entonces la atiende él especialmente para ti –lo cual valoras, porque él se estaba yendo y se quedó un rato más para atenderte-. Te da la boleta y te acompaña nuevamente donde está la señorita de los relojes, mientras ésta te ajusta la correa él te cuenta que va a ir a un cumpleaños. Tú le cuentas que con el calor que hizo estás hecha un desastre. Él te mira sonriendo, pero esa risa no es de burla, sino más bien llega a ser una sonrisa cariñosa. Al parecer le parecen graciosas las cosas que le cuentas y, en tu interior, sabes que la idea es precisamente no parecer una aburrida, así que está bien que se ría. Le das tu tarjeta de presentación – mal que mal ya es tu amigo en facebook y te invitó un café. Doble ¡guau!-. No te das ni cuenta cómo y te hace una de esas preguntas que lo único que buscan es averiguar tu estado civil. Le dices que estás sola y al final, sin saber cómo, le terminas contando tu historia reciente. Él te da su número de celular en una tarjeta y te dice que: “por cualquier cosa…”. Tú entre que no quieres meterte en líos, pero no quieres dejar de ser simpática le dices: “Mmm…. Yo no llamo mucho. Soy súper mala para llamar. A mí me tienen que llamar”. Él se mata de la risa y te pregunta si acaso no tienes dinero para llamar. Está listo tu reloj. Él te dice que se tiene que ir al cumpleaños. Tú te despides amablemente. Piensas que no quieres líos –por ahora-, pero no es malo tener atención personalizada, rápida y eficiente en tu tienda favorita. Al final eres una mujer y te encanta el servicio que te presta tu vendedor regalón.

Nota: Está historia está completamente basada en un hecho de la vida real... Sólo que la chica soy yo y el vendedor regalón es la chica que me vende los chocolates.

3 comentarios:

  1. Lorín: Mejor no :(. No me gusta ser mujer, no quiero satisfacer mi ego, pero sí quiero buena atención :).

    Saludos

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  2. Buena historia,suele pasar.

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