domingo, marzo 29, 2009

Juan

 Una fría mañana de julio. Una mañana en que nadie se atrevería a salir solamente en camisa de su casa, vio este mundo nacer a Juan. En vez de nacer en una casa confortable, llena del calor que se esperaría en un hogar, vino a nacer en la ribera del río Aconcagua. Su madre nunca supo que tuvo un hijo y, su hijo nunca supo que tuvo una madre. La madre de Juan, si es que se le puede llamar así, vivió y murió en un mundo de fantasía, o quizás en un infierno, producto de aquellos fármacos que consumía, sin contar la cantidad de droga que ingería. Pero en fin, la culpa no era sólo de ella, sino de todos aquellos que la indujeron cuando tenía doce años.
 Juan fue encontrado ese mismo día por unos estudiantes que iban camino al colegio. Ellos lo llevaron a un retén de Carabineros donde se hicieron cargo del niño, éste fue el comienzo de lo que sería su niñez. Después de intensos trámites y de ir de hogar en hogar, como un gitano en su propia tierra, llegó al Hogar de Cristo. Un hogar donde por fin los tribunales decidieron que se quedara.
 La niñez de este pequeño hombre fue normal, como todos los demás niños - o por lo menos como la mayoría de los niños -, pero había un rasgo que lo hacía distinto, y que por lo demás era muy curioso para sus guardadores, buscaba siempre el calor. En invierno cuando se encendía la estufa del hogar, el primero que se acercaba era Juan, cuando la estufa no estaba encendida era posible encontrarlo en la cocina, o cerca de la caldera. Juan creció y creció, y se ganó el apodo de “Juan el friolento”. Cumplió dieciocho años, terminó el colegio y ganó una beca que le permitió estudiar una carrera en la universidad. Quiso ser profesor y enseñar a los demás, ser un forjador, no sólo de conocimientos, sino también de espíritus, lo logró fue un gran profesor.
 Un día, como todos lo días en la vida de Juan, iba camino a su trabajo y en el taxi conoció a la mujer que después de un tiempo sería su compañera y la madre de sus hijos. Ella era rubia, de una estatura media, ojos verdes y una simpatía que es difícil encontrar; era sin duda igual a la madre que él nunca conoció. Él se convirtió en un buen amante de su mujer y en un mejor padre aún. Pero hubo algo que nunca desapareció: su necesidad por estar cerca del calor.


4 comentarios:

  1. ohhh!hermoso relato, y muy sobrecogedor
    un saludo

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  2. Campanilla: Jajaja ¿Será broma?

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  3. Ha sido un relato emotivo y lleno de ternura. La verdad es que me han dado ganas de abrazar al pobre Juan...
    Un beso, Chimpancé.

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  4. Quizás, Juan, no necesitaba precisamente del calor que se siente a través de una chimenea o estufa.

    (¿Tú escribes esto?)

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